Cuánto hacía que la muy noble y señorial CDMX no vivía días tan aciagos como los que hoy vive.
Vaya un somero recuento.
El desastre de la toma y destrucción de la gran Tenochtitlán por 100 mil tlaxcaltecas, unas decenas de extranjeros encabezados por Hernán Cortés, sus nueve o diez caballos y pocos y mortales arcabuses.
El terror de sus habitantes cuando estuvo a punto de caer ante las hordas incontroladas de Miguel Hidalgo.
Los años terribles de la Santa Inquisición.
Tantas inundaciones y temblores que ha sufrido.
La fiebre española de 1918.
Los regímenes que se la disputaron durante los primeros 20 años de la Independencia.
La atroz Guerra de los tres Años, en que liberales y conservadores en lo menos pensaban era en pedir perdón o perdonar.
El efímero imperio de Maximiliano, que emitió la cruel Ley del 25 de enero de 1862, que daba vía libre hacia los fusilamientos a discreción.
La Decena Trágica, el baño de sangre que mató a los hermanos Madero, a Pino Suárez y a tantos inermes ciudadanos.
Las numerosas tomas por parte de carrancistas, villistas y zapatistas, que sectorizaron la ciudad repartiéndose la sangre de sus víctimas.
La caída del Ángel de la Independencia, la masacre estudiantil del 68, el Jueves de Corpus, las miles de víctimas aún sin contar de septiembre del 85.
Y ahora, en pleno siglo de la inteligencia y la ciencia, ahora esto del Mundial de Futbol y sus daños colaterales.
Ahora sus calles destrozadas, sus monumentos vandalizados, su comercio en quiebra, su Centro Histórico en la ruina de las ambiciones humanas desatadas, su Plaza Mayor amurallada, su Palacio de Gobierno oscuro, cerrado y triste.
Para infortunio nuestro, de nuestra generación, se cumple la advertencia de Porfirio Díaz: cuidado con despertar al tigre.
El viejo y maldito dictador sabía de lo que hablaba.
Sin matices: se acabó el apotegma de Maradona cuando cayó de su glorioso pedestal deportivo: el balón sí se mancha.
Por Carlos Gallegos Pérez/Cronista de Delicias
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