El vandalismo salvaje que vive la CDMX, a días de que se inaugure el tercer Campeonato Mundial de Fútbol en el país, remite al ambiente político y social que se vivía previo a los certámenes de 1970 y 1986.
En el 70 estaba vivo el recuerdo de la matanza estudiantil del 68, demasiado vivo como para que no enturbiara el ambiente. México era gobernado por la mano asesina de Gustavo Díaz Ordaz, quien sufrió un atentado contra su vida cinco meses antes de la inauguración del certamen.
El autoritarismo, la represión, las detenciones, el encarcelamiento, las desapariciones forzadas, tan de moda hoy día, formaban parte del espectro político y social de entonces, además de las guerrillas urbanas y campesinas y un alto índice de desempleo.
Se preveía una gran rechifla hacia el presidente el día de la inauguración, a celebrarse en el Estadio Azteca. El feroz poblano no le sacó al parche y ahí estuvo. Y en efecto, lo ensordeció la rechiflada.
A tal grado estuvo aquello que la FIFA le cerró la puerta para otros juegos. Sólo podría asistir al partido de clausura, no a los demás. Se apostaba a que no se presentaría, pero ahí estuvo. Coronó a Pelé como el rey del futbol y se la volvieron a aplicar.
En ninguno de los casos se le ocurrió rifar su boleto.
Para el Mundial del 86 persistía el trauma social del terremoto del 85 y el descontento contra el presidente Miguel de la Madrid por su tardía y lenta respuesta, ante lo que la sociedad ya había entrado al quite. También asistió a la inauguración y también le rechiflaron un buen rato, algo que resistió estoico e interpérrito. Por fuera. Por dentro, obvio, se lo llevaba el demonio.
Tampoco acudió a la tómbola para no asistir, e inclusive estuvo en el partido de cuartos de final en que Maradona alcanzó su momento cumbre en los mundiales, con aquella jugada en la que dejó sembrados a seis ingleses.
En ese mundial, los hooligans eran el terror de los estadios, pero en México se portaron como seráficos angelitos.
Estaría bueno que la presidenta investigara la receta que les aplicaron para que se las aplique a los vándalos que están destruyendo la CDMX.
Estados Unidos ya empezó a ponerle nombre y apellido al problema.
Ayer no sólo sancionó a figuras del régimen cubano. También apuntó contra entidades ligadas al aparato de poder en La Habana, bajo el argumento de que durante décadas sirvieron para financiar, operar y exportar movimientos radicales en el continente.
Dicho en cristiano, Washington ya no está viendo sólo gobiernos incómodos. Está viendo redes.
Y ahí es donde a Morena se le debería ir borrando la sonrisa.
Porque si la doctrina empieza en Cuba, muchos creen que el siguiente expediente puede tocar tierra mexicana. No por ideología de cafecito universitario, sino por los presuntos vínculos de personajes de Morena con narcotráfico, lavado de dinero, huachicol fiscal, operaciones financieras oscuras y delitos que ya brincaron la frontera.
Marco Rubio no está mandando flores. Está mandando telegramas funerarios.
La 4T sigue creyendo que esto se resuelve con mañaneras, cartas de López Obrador y discursos de soberanía.
Pero EU juega otro deporte. Primero congela cuentas. Luego cierra puertas. Después retira visas.
Y cuando ya nadie puede cruzar ni a comprar shampoo a El Paso, como le pasó a Brighite Granados el domingo, entonces entienden que la pedrada venía detrás de la flor.
A Andrea Chávez le urge cambiar de asesores, o de plano empezar por quitarse de encima a Abraham Mendieta, ese español que opina de todo en México con más confianza que un delegado del Bienestar en campaña.
Lo curioso es que Morena acaba de envolverse en la bandera contra la injerencia extranjera, con reforma incluida para anular elecciones si algún foráneo mete la mano. Pues si quieren predicar con el ejemplo, podrían empezar por el asesor español que cobra, opera, grilla y hasta parece dictarle los berrinches digitales a la senadora.
El último consejo brillante habría sido ponerla a leer la carta de AMLO contra Trump, Rubio y medio Washington, justo cuando el horno no está para visas ni para padrinos incómodos.
Andrea no está leyendo el momento. La 4t viene en caída libre, cargando el caso Rocha Moya, Durazo y Villareal de sapos con la DEA, el narcolaboratorio en Chihuahua, la ofensiva contra Maru que no les cuajó y los expedientes que se están abriendo del otro lado.
Y aun así, la Senadora sale a pelearse con los gringos como si tuviera pase diplomático al precipicio.
No todo es culpa de Mendieta. La marca Morena ya huele a PRI en sus peores años, cuando Ayotzinapa, la Casa Blanca y los Duarte convirtieron cada defensa oficial en un disparo al pie.
Pero alguien debería decirle a Andrea que cuando el barco se hunde, no se recomienda subirse al mástil a gritarle al huracán.



